Pensemos en la idea de que un presidente estadounidense se niegue a aceptar los resultados electorales dejando el cargo sin oponer resistencia. Es una suposición que se ha convertido en un tema de gran relevancia durante la actual campaña elevando la tensión social, pues existe gran incertidumbre en torno a las elecciones presidenciales a realizarse en noviembre en los Estados Unidos y las posibles secuelas. En el proceso electoral se cierne una seria amenaza.

Sin considerar los resultados de las elecciones de noviembre, Trump nombró 218 magistrados en las diversas instancias superiores de justicia. En última instancia la democracia va a depender del perdedor, de ese candidato que de manera responsable reconozca su derrota y, de esta manera fortalece el sistema aportándole legitimidad.

El venidero tres de noviembre Estados Unidos enfrentará una de las pruebas más exigentes de su historia, pero también a una posibilidad palpable de caos y enfrentamientos. El mandatario insistió en que “Tendremos que ver qué pasa”, cuando respondió a si aceptará la decisión de las urnas, anticipándose a la idea de que se tratara de un proceso electoral no será tranquilo y ordenado, y tampoco se dará una transferencia pacífica del poder. A lo que señala que “Francamente no habrá una transferencia. Habrá una continuación”.

Se han convertido en un martilleo constante y alarmante, los asaltos de Trump a la confianza en el sistema democrático estadounidense, a sus instituciones y sus elecciones, debido a que ha cuestionado de forma reiterada la transparencia de la votación y además ha sugerido que, si fuese derrotado, posiblemente no acepte los resultados. Así mismo, ha asegurado, sin pruebas, que las boletas electorales que han sido enviadas a través del correo, se encuentran alteradas con la finalidad de promover un fraude.

En su opinión, se podría producir un resultado electoral retrasado, contaminado o completamente ilegítimo. Su capacidad innata para llevar el debate a su terreno desviando la opinión pública de los temas que lo perjudican, así como su estilo autoritario de gobernar acompañada de su gestión de la pandemia y sus efectos sobre la economía estadounidense, podrían actuar en su contra.

Ante tal situación, Trump ha planteado el tema de un supuesto fraude electoral dentro de la agenda de discusión asegurando que los demócratas se encuentran preparando un golpe de Estado, con la finalidad de deslegitimar las elecciones antes de que estas se den. Se ha dedicado a sembrar con intencionalidad, dudas anticipadas sobre un posible resultado de una votación que no le sea favorable y que lo desconozcan.

Trump el invencible

El presidente Trump ha venido preparando a sus simpatizantes a fin de que crean que solo puede ser derrotado por medio de un fraude electoral. Ante lo cual señala “La única forma en que pueden robarnos esta elección es si se trata de unos comicios amañados”, indica durante la pasada Convención Nacional Republicana.

De manera que, esta sería la razón por la que no se ha comprometido a dejar el cargo sin resistencia. Y es que nadie puede asegurar que perderá, aunque se hayan presentado encuestas en contra como ya ocurrió durante el 2016.